lunes, 18 de febrero de 2008

GANADORES DEL CONCURSO DE GUIONES "LUIS BUÑUEL"

Los ganadores del Concurso de Cortometrajes "Luis Buñuel" 2007/08 han sido los siguientes:

En el Primer Ciclo de Secundaria:

1º PREMIO: GUILLERMO PARDO (1º ESO E)

2º PREMIO: DIEGO CAJAL (1º ESO C)

3º PREMIO: CAROLINA LALANZA (1º ESO D)

En el Segundo Ciclo de Secundaria el premio ha quedado desierto, pero se hace una mención especial al trabajo de ANA MORENO (3º ESO D). Si quieres leer este trabajo cliquea el comentario

En días sucesivos iremos publicando en el blog los cortos finalistas.
Gracias a todos por vuestra participación.

2 comentarios:

Administrador dijo...

Hola. Soy Fabiola y esta es mi historia, la historia de una familia inmigrante que vive en España. Soy mexicana, pero mis padres y yo nos mudamos a Alicante hace casi tres años. Ahora os voy a hablar un poco sobre mí; tengo dieciséis años, el pelo castaño claro, los ojos verdes, soy bajita; mido uno sesenta y estoy bastante delgada. Soy muy cabezota, tengo un carácter muy difícil pero me gusta la gente y hago amigos enseguida. Como ninguna persona es perfecta, aquí va uno de mis grandes defectos, seguramente el mayor de todos con diferencia: soy muda. Lo soy desde que nací pero ya no es un problema, tengo asumido que soy así y me acepto tal y como soy. Vivo en un barrio bastante problemático donde es difícil de vivir. El ayuntamiento ignora mi barrio y no tenemos servicios de recogida de basuras adecuado ni muchos profesores en la escuela, pero es lo que hay. Mi familia no es la que me hubiese gustado pero no me queda otro remedio que aceptarla.

Mi madre se llama Adriana. Tiene cuarenta y siete años y se dedica a fabricar heroína en un pequeño laboratorio que tiene en casa. Es muy conocida por eso y tiene muchos clientes.
Mi padre se llama Carlos. Tiene cincuenta y tres años y esta en la cárcel. Le pillaron metiendo inmigrantes ilegales en España y proporcionándoles documentación falsa. Le condenaron a ocho años en prisión y a pagar una multa que debe de tener muchos ceros porque mi madre no me la quiere enseñar.
También tengo un hermano pequeño. Se llama Esteban y tiene ocho años. El pobrecito tampoco es perfecto y le ha tocado ser autista, y por eso no ha venido con nosotros y se ha quedado con mi abuela Cándida en México. Le hecho mucho de menos. Cuando tenga dinero suficiente iré a verlo.
Soy la hija mayor. Voy a la escuela Sagrado Corazón. Después de clase cojo el autobús para ir a un bar de carretera, donde trabajo de camarera y cuando tengo ocasión también de prostituta. Sé que no es el mejor trabajo que se puede tener, pero necesito el dinero para sobrevivir y para intentar sacar adelante a mi familia, ya que con mis padres no puedo contar. Al parecer tienen otros problemas más importantes que ocuparse de mí.

Una noche, volvía del trabajo hacia casa cuando cuatro chicos me atraparon y me llevaron a un lugar alejado. Conocía a esos chicos, vivían al lado de mi casa. Eran skins y supuse que querrían violarme. Lo hicieron, vaya que si lo hicieron, pero no se conformaron sólo con eso. Luego me golpearon hasta que se cansaron y me dejaron allí tirada, medio inconsciente, sin ropa y con el cuerpo sangrando y lleno de moratones. Me levanté como pude apoyándome en un árbol y respiré profundamente varias veces mientras intentada orientarme. Recuperé el sentido y fui a casa tan deprisa como me permitieron mis ensangrentadas piernas. Tardé casi media hora, pero por fin llegué. Nunca me había alegrado tanto de pisar el sucio suelo de mi casa. Entré en mi habitación, agotada por el esfuerzo, y me miré al espejo de la mesita. Segundos después me desmayé al verme la cara y caí al suelo.
Pasaron las horas, yo seguía tirada en el suelo. Algo viscoso y caliente me despertó: era la sangre que salía de mi nariz. Abrí los ojos lentamente. Eché un vistazo a mi alrededor y reconocí donde estaba. Me levanté poco a poco, aun seguía dolorida por los porrazos que me habían dado la noche pasada. Un fuerte ruido me hizo pegar un brinco descomunal y por poco no me dan un ataque al corazón. Era un ruido como de una explosión que venía del cuarto de mi madre. No me acerqué a ver lo que había pasado, pero imaginé que mamá habría mezclado mal los componentes de las drogas y que eso habría producido la explosión.
Me arrastré hacia el minúsculo baño con intención de frenar el río de sangre que brotaba de mi nariz. Antes de llegar a mi destino, la hemorragia se había cortado, pero aproveche que ya estaba allí para lavarme un poco y limpiar las heridas con mucho cuidado. Tardé casi una hora pero conseguí salir decente de allí. Me vestí en mi habitación. Elegí algo cómodo y que no me rozara las heridas. Me puse el vestido de flores moradas que me había regalado mi abuela cuando cumplí quince años. Fui directamente a la cocina. Cogí un vaso de la fregadera y me eché un poco de leche. A continuación cogí un trozo de pan y me quede embobada mirando las humedades del techo mientras comía.

Estuve pensando durante mucho rato: ¿Por qué me ha pasado esto a mí?; ¿Por qué los chicos de ayer me hicieron eso?; ¿Qué les he hecho yo?
Demasiadas preguntas que no obtenían respuesta. Muchos pensamientos de ese tipo rondaron por mi cabeza en apenas dos horas. Consciente del rato que llevaba mirando el techo me puse de pie y me dirigí a ver a mi madre.
En ese momento me di cuenta de que en todo el rato que había estado mirando el techo no había escuchado ningún ruido, y supuestamente mi madre estaba en casa. Me acerqué con cautela al laboratorio casero de mi madre y la vi tirada en el suelo rodeada de un gran charco de sangre.

Grité de espanto pero ningún sonido salió de mi boca. Salí corriendo de casa y volví con la vecina de enfrente. Se quedo paralizada y empezó a gritar como una histérica. Enseguida llamo a la ambulancia y se la llevaron al hospital mientras unos médicos intentaban reanimarla sin éxito alguno. También vino la policía y descubrió el laboratorio de drogas y se llevaron todo y me dijeron: ¡que suerte que eres menor de edad sino te tocaría pasar una buena temporada a la sombra por posesión de drogas! En ese momento no prestaba mucha atención a lo que me dijo el policía, pero en el fondo di gracias a Dios por tener dieciséis años.
Parecía que el mundo se me caía encima. Mi madre había muerto. La persona que más falta me hacía se separaba de mí para siempre sin que pudiera hacer nada para impedirlo. No se me ocurrió otra cosa que encerrarme en mi habitación y llamar a mi padre a la cárcel. Aunque parezca difícil de creer puedo comunicarme con él. Cuando era pequeña, entre los dos inventamos un idioma a base de golpes para poder comunicarnos por teléfono. En ese instante me fue de gran ayuda. Le dije la mala noticia y pidió un permiso para poder salir. Se lo concedieron y en menos de dos días ya estaba conmigo en casa. En el tiempo que tardaron en concederle el permiso carcelario estuve encerrada en mi habitación, sentada en el suelo, con la cabeza entre las piernas y la luz apagada. Tenía la imagen de mi madre muerta rodeada de sangre grabada a fuego en mi cabeza. No podía ver otra cosa que no fuese ella tirada en el suelo.

Mientras tanto me repetía una y otra vez que todo era un mal sueño, que no era verdad, que era una pesadilla o una broma de mal gusto. Pero, muy en el fondo, sabía que todo lo que decía era mentira. Se había marchado para siempre. Cuando llego mi padre empezamos a preparar el funeral. No queríamos gran cosa. No nos gusta llamar la atención. Llamamos a mi abuela y le contamos todo. Insistió en venir con mi hermano, pero le dijimos que no podía someter a Esteban a un viaje tan largo. Al principio se lo tomó bastante mal pero lo entendió y se conformó con llamar todos los días para ver cómo estábamos.
La incineramos al día siguiente y esparcimos sus cenizas en la playa. A mamá le encantaba la playa.

A mi padre se le acabó el permiso y tuvo que volver a la cárcel, y los servicios sociales dejaron que me cuidara sola al tener ya dieciséis años.
Los días siguientes se hicieron eternos. Era como si el tiempo se hubiese detenido.
Pasaron las semanas y empecé a sentir náuseas y más hambre de lo normal. No le di importancia ya que había pasado varios días sin comer a causa de la muerte de mi madre. Dejé mi trabajo como camarera y prostituta y comencé a trabajar en la panadería del barrio. Al ser la única, el negocio daba mucho dinero y mi sueldo era más alto de lo que solía ser en estos casos. Las náuseas iban en aumento y me temí lo peor. Fui al médico en cuanto pude y mis temores se hicieron realidad: estaba embarazada.

¡Malditos skins, maldita violación, maldito todo!
Iba a tener un hijo de un violador. No me lo podía creer. Mi pobre hijo no iba a tener padre, ni abuela, y por un tiempo, abuelo tampoco.
Pensé durante mucho tiempo si tenerlo o no, pero decidí tenerlo. Era mi hijo y aunque no podría darle una vida perfecta intentaría que fuese feliz.
Al cabo de unos meses pedí la baja por maternidad y me quedé en casa descansando hasta que naciera mi hija. Un día, por sorpresa, se presentaron en casa mi abuela y mi hermano. Me alegre un montón de verlos. Venían para quedarse aquí conmigo para siempre. Esto facilitó bastante las cosas. Mi abuela era una gran cocinera y una excelente ama de casa, así que podría dedicarme a descansar.
Al poco tiempo di a luz a Berta. Era preciosa. Tenía los ojos verdes y el pelo oscuro. Nada más verla me enamoré de su sonrisa angelical.
En casa todo era normal. Volví a trabajar y mi abuela se quedaba cuidando de Berta y Esteban. Los dos necesitaban muchos cuidados pero mi abuela era experta en controlarlo todo.

En la panadería conocí a Alberto. Salimos juntos durante tres años y medio, hasta que me pidió matrimonio. Estaba súper enamorada de el. Era un hombre encantador y tenía unos ojos preciosos. Los ratos que pasábamos juntos eran maravillosos, así que le dije que sí y al poco nos casamos. Tenía la vida prácticamente hecha con apenas veinte años.

Pasaron los años. Berta tenía ya siete años cuando mi padre salió de la cárcel. Congeniaron enseguida. Le presenté a Alberto y le gustó. Llegué a los treinta años con una vida perfecta. Pocos meses después de que Berta cumpliera catorce años, a Alberto le diagnosticaron cáncer de páncreas.
Pedí varios préstamos bancarios para pagar la quimioterapia pero me los negaron por ser extranjera. Esto ya era el colmo. Después de todo lo que me había pasado en la vida ahora los del banco se volvían racistas. Les denuncié por racismo y me amenazaron a la salida del trabajo, y yo ni corta ni perezosa les volví a denunciar y les llevé a juicio. El juez ordenó que me concedieran el préstamo bancario y aparte me tuvieron que pagar dos mil euros por amenazarme. Pero cuando los trámites del juicio acabaron, mi marido ya tenía el cáncer muy avanzado y no se podía hacer nada para curarlo. Los médicos le daban tres meses de vida.
Cogí una depresión enorme, al igual que Berta y el resto de mi familia, pero intentábamos disimularla para que Alberto no estuviera aun peor de lo que se encontraba.

Esos tres meses se pasaron volando y Alberto seguía entre nosotros. Tenía la esperanza de que sobreviviera unos meses más, pero era demasiado pedir. El 21 de diciembre de ese mismo año falleció. Fue el golpe más duro de toda mi vida.
Me sumí en tal depresión que dejé de comer, de beber, de ir a trabajar y de dormir. Se puede decir que dejé de vivir. Lo único que quería era volver a ver a Alberto. Lo amaba y le necesitaba. Mi deseo se cumplió, y debido a mi extrema delgadez y a mi deshidratación, me dio un infarto al corazón y nadie pudo hacer nada.
Mi abuela se quedó al cargo de todo. Berta creció sin padres. Estudió una carrera y se fue a vivir a Valencia. Todos los días veo como mira mi foto y la de Alberto y oigo como desea que estemos bien donde quiera que estemos. Tuve dos nietos guapísimos a los que no pude conocer en persona, pero estuve al lado de los dos en cada momento importante de su vida.
Mi abuela se murió a los ochenta y cuatro años. Demasiado había durado. Berta acogió a su tío Esteban en su casa y contrató a una chica que le ayudaba en todo lo que tenía que hacer. Se portó muy bien con él.
Yo sigo aquí. Estoy muy bien. Alberto y yo nos queremos como nunca. Me da pena no estar allí abajo con el resto de mis seres queridos, pero no puedo vivir sin él. Espero que hayan entendido mi decisión y que no estén enfadados. Aquí acaba mi historia. Historia de una familia de inmigrantes que intenta empezar una nueva vida en otro país, pero a la que las cosas no salen como ellos hubiesen querido. La vida es así, bueno, mi vida fue así. Hay buenos momentos y otros no tanto. Hay que saber disfrutar los primeros y plantarle cara a los malos y esperar a que pasen cuanto antes. Sólo así podrás disfrutar de una vida plena. Ese no era mi caso, pero ya es demasiado tarde. Disfruté los mejores momentos y me vine abajo en los peores, ese fue mi gran error. Pero estoy segura de que si tengo la oportunidad de volver a vivir no cometeré los mismos errores. Disfrutaré mucho más y no cometeré los errores anteriores para dejar paso a los nuevos que me esperan en un futuro no muy lejano, o al menos eso espero. Aquí acaba la historia de mi vida. No es ningún cuento de hadas, ya me hubiera gustado, pero esa clase de vida no existe. Por mi parte, es mejor pasarlo mal a veces que vivir en un mundo me mentira que no existe. A veces es mejor sufrir un poco para darte cuenta de que estas en un mundo de verdad. Os lo dice alguien que ha sufrido mucho.

Aunque mi vida no haya tenido demasiados momentos buenos no la cambiaria por nada. Los recuerdos que me ha dejado son imborrables y estarán en mi mente para siempre, aunque haya recuerdos malos que me hayan marcado más que los buenos, pero no los cambiaria por nada.




Ana Moreno Bona 3º ESO D

Anónimo dijo...

pues me ha gustado muxo y te felicito por tu trabajo ana moreno bona