Durante la era glaciar, en una época muy remota, cuando parte del globo terrestre estaba cubierto por densas capas de hielo, muchos animales no podían resistir el frío intenso y morían indefensos, pues no podían adaptarse a las condiciones de ese clima tan hostil.
Por entonces, una gran manada de erizos, con la intención de protegerse y sobrevivir, comenzaron a unirse, a juntarse más y más. Así, cada uno podía sentir el calor del otro. Y, todos juntos, bien unidos, se abrazaban mutuamente, enfrentándose a ese invierso tenebroso y hostil.
Pero, ¡oh vida ingrata! las espinas de cada uno de ellos comenzaron a herir a los compañeros más próximos, justo aquellos que ofrecían más calor vital, era cuestión de vida o muerte. Y empezaron a sufrir las consecuencias: heridas, magulladuras, sufrimiento...
Se dispersaron porque no podían sosportar por más tiempo las espinas de sus semejantes. ¡Dolían mucho! Pero ésa no fue la mejor solución.
Afectados, separados, comenzaron a morir congelados. Así, los que no morían volvieron a aproximarse, poco a poco, con juicio y precaución; de tal forma que unidos, cada cual conservaba una corta distancia con el otro, la mínima, pero suficiente para convivir sin morir y sin causarse daños recíprocos.
Así soportaron y pudieron superar la larga era glaciar. SOBREVIVIERON
martes, 20 de febrero de 2007
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